La Medicina y el Psicoanálisis

En mi caso, el estudio de la medicina y la formación en psicoanálisis han tenido como objetivo tratar algunos padecimientos que comparten un mismo territorio: la percepción dolorosa y la conciencia sufriente del cuerpo. Día a día trabajo con personas que se quejan de dolores de espalda, de mareos, de insatisfacción con su propia imagen, de insomnio… Algo «no funciona» bien.

Así, medicina y psicoanálisis tratan de acercarse a estos síntomas, y lidiar con ellos, de manera distinta y complementaria. La ciencia bio-médica aporta protocolos de medidas diagnósticas y terapéuticas claras, con sustrato científico, y con una efectividad determinada, mayor o menor según el problema que tenemos entre manos (el suicidio, la depresión, la adicción, etc.). El psicoanálisis escucha al enfermo en cualquier aspecto que este sienta relevante expresar, cuerpo a cuerpo, mente a mente, y apuesta por que el propio sujeto tiene capacidad para ver su problema y actuar para sobreponerse.

La «vuelta» y el discernimiento

La semana pasada, en una tele-consulta, un paciente comenzaba la sesión refiriendo que no deseaba volver a su vida «de antes». Tras el titular algo rompedor, fuimos analizando los aspectos de su vida previa a la explosión del coronavirus:

Algunas de sus vivencias las percibía como esenciales, auténticas suyas, y las querría mantener hubiera las crisis que hubiera, presentes o futuras; algunas otras las percibía como alienantes, como pura repetición de un hábito o una obligación que no sabía en qué momento contrajo y que le reportaban cierto hastío; el resto de las vivencias las percibía de forma dudosa, ambivalente, todavía por aclarar cuál era su motivación profunda y su «para qué».

Así fuimos imaginando algunas de las facetas de su rutina y valorándolas, entre el afecto y la razón. La principal «sorpresa» de la sesión, más allá de un puñado de conclusiones prácticas, fue cómo la crisis del coronavirus había activado en él una profunda necesidad de discernimiento vital.

Él siempre se quejaba en consulta de un profundo vacío que para él era inexplicable, pues «tenía la vida perfecta, todo lo que había planeado», y aún así no se consideraba ni satisfecho ni alegre. La crisis del coronavirus, como parón de actividad y disposición de tiempo libre, le había servido para «romper» esta percepción de «falso equilibrio vital» y notar la variedad de matices de lo que vivía, como propuesta de un cambio.